miércoles, 11 de febrero de 2015

Ficción: Gloriela — 4 —

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Al principio se me hacía muy raro que había ocasiones cuando me decía “es que hoy no puedo”, “hoy tengo el otro trabajo”, “nos vemos el lunes”, pero por el tiempo decidí aceptar lo que la vida me estaba dando y disfrutarlo mientras durara.
Digo, no había dudas en nuestra relación: cada uno era libre de hacer lo que le pegara la gana. Gloriela era una cita para días sin tele, para tardes lluviosas o noches frías. Íbamos al cine o a cenar o por un café. Ella me llamaba o me preguntaba a la hora de la comida si nos veíamos. Yo le marcaba si me sentía solo o cachondo. Ella hacía lo mismo. Gloriela no me impuso condiciones, nunca me pidió que fuéramos novios. No sé que hubiera hecho en ese caso. Éramos amigos, confidentes y también cogíamos, pero nada más.
Esto se confirmaba cuando le llamaba y su celular me mandaba al buzón: no era completamente mía y nunca lo sería. Yo tampoco podía exigirle que dejara de hacer eso, no estaba en mi derecho.



Un viernes de puente en la mañana sonó mi celular. Era ella.
— ¿Puedo ir a tu departamento? ¿Vas a hacer algo? — me preguntó.
Yo estaba viendo la televisión en la cama, aún sin vestirme.
— No, no tengo plan. Ven. —

Llegó media hora después. Se veía cansada y con ojeras.
— ¡Uff! Estoy muerta. — me tocó la panza como siempre y me dijo al ver mi respuesta: — Ni empieces, estoy hasta la madre. —
— ¿Y eso? —
— Estuve toda la noche con alguien que me mandó Carrillo, vengo derecho de allá. — me contestó.
— Ah. — dije secamente, molesto por la situación. Me dirigí a la cocina. — ¿Quieres algo de desayunar? Apenas me estoy levantando. —
— Sí, tengo mucha hambre.—
— Si quieres báñate en lo que preparo algo. —
— Está bien. — me dijo.

Mientras preparaba unos huevos con jamón me volvió a asaltar la confusión habitual.
¿Qué hacía yo con Gloriela?
¿Qué hacía Gloriela conmigo?

Yo me cuidaba y suponía que ella se cuidaba, así que no tenía miedo de contagiarme algo. Pero me daba coraje que ella no me pertenecía. Por milésima vez traté de decirme que así era esto, pero la confusión volvía.
Sabia que era un asunto de ego, más que de cariño.
Y aclaro: yo no quería a Gloriela.


Me gustaba, me gustaba coger con ella y ya. Eso lo sabíamos ambos.
Lo que no me latía era que alguien más se la estuviera cogiendo. Según yo, yo era muy liberal y éramos “amigos con derechos”, o lo que fuéramos, y nada más.
Pero no, yo la sentía como mi propiedad. Quería que fuera mía y de nadie más. Tenía celos de los otros. No sé porque me la imaginaba con muchos, con cientos de hombres.
Y peor, me la imaginaba gozando más con ellos que conmigo. Me daba un chingo de coraje.
Eso solamente lo sabía yo.


Gloriela salió de bañarse y se veía mejor, más descansada. Logré acallar mis dudas y traté de pasar un día de descanso agradable: películas, botanas, unas cervezas. La mañana y tarde pasaron rápido y sin incidente hasta que como a las tres y media, otra vez sonó mi celular.
No indicaba el numero de la persona que llamaba.

— ¿Bueno? —
— Buenas tardes Luis. —

Era Carrillo. Mi jefe.

2 comentarios:

  1. Es la continuación de una historia que estabas escribiendo verdad. Interesante continuacion pero aveces así sucede aun que uno se crea muy liberal.
    Un abrazo Alex y nos leemos :3

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    1. Asi es, es la parte 4 del cuento. Espero que tenga 10 entradas, pero aun no he escrito todas.
      Precisamente eso quiero plasmar, el hecho de pensar que uno es liberal y siempre resulta que no...

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