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Hace unos años (yo aún vivía en la Ciudad De México) estaba yo en uno de mis viajes de fin de semana a San Luis Potosí, mi ciudad natal. Mis padres normalmente se preparaban para mis visitas comprando algunas cervezas, pero en esa ocasión, se les había ido el avión o yo que sé y, exceptuando algunos espíritus fuertes, no había nada de alcohol en la casa.
Hace unos años (yo aún vivía en la Ciudad De México) estaba yo en uno de mis viajes de fin de semana a San Luis Potosí, mi ciudad natal. Mis padres normalmente se preparaban para mis visitas comprando algunas cervezas, pero en esa ocasión, se les había ido el avión o yo que sé y, exceptuando algunos espíritus fuertes, no había nada de alcohol en la casa.
Era una
de esas ocasiones en las que has trabajado todo el día, te llevaste
tus maletas al trabajo y apenas llegas al autobús, viajas 5 horas y
media y llegas a tu casa. Mis padres me recibieron con el amor de
siempre, pero yo necesitaba liberar un poco de tensión. Decidí ir a
la tiendita de la esquina a conseguir un pack de cervezas. En mi
trayecto hacia allá, una camioneta me echó las luces pero yo aduje
que era un loco cualquiera. Conseguí mis chelas y de regreso, la
camioneta (había dado la vuelta a la cuadra) se acercó a la
banqueta y una voz de mujer me llamó por mi primer nombre...
–
Hola! ¿Eres tú? –
– Sí,
– dije yo – ¿quién es? –
– Soy
TV – me respondió.
TV es
una chica (debiera decir mujer, ¿verdad?) que fue mi compañera de
escuela desde el kinder hasta la preparatoria. Imagínense, de los 5
a los 17 años! Nuestras familias vivían cerca y, aunque muchos años
escolares no fuimos compañeros de grupo sólo de escuela, éramos
conocidos y habíamos sido muy amigos en la secundaria y en la prepa.
Sin
embargo, al llegar la época de la universidad, ella se fue a una
prestigiosa universidad privada, mientras que "nosotros los
pobres" fuimos a la universidad pública. Obviamente nuestro
contacto había disminuido y a pesar de ser prácticamente vecinos,
yo no la había visto en 15 o más años.
– ¡Me
da mucho gusto verte! – me dijo ella.
– A
mi también – dije yo, consciente de que eso es lo que se dice,
pero no enteramente cierto de sentirlo. ¿Qué se le puede decir a
alguien que no has visto en años y con quien no tienes mucho en
común?
TV esta
ansiosa de ponerme al día con su vida y me invitó unos tragos. Yo
puse las excusas que pude:
Yo: Estoy
cansado. –- TV: Pero nada más vamos por dos.
Yo: Es que
mis papás me están esperando –- TV: Pero los vas a ver mañana todo
el día.
Yo: Es que
estoy todo sudado, no me he bañado y tuve un viaje de cinco horas en
autobús –- TV: Ay, no importa, nadie se va a fijar.
Total
que no hubo escape. Accedí bajo la promesa de que sólo íbamos por
dos. Ella, rápidamente me pidió que le indicara un lugar al que ir.
Yo la dirigí a un lugar que no es malo pero no es acogedor, para
tratar de acortar la velada.
TV me contó todo lo que había pasado en
su vida durante los largos años en los que no nos habíamos visto:
terminar su maestría, fundar su propio negocio (ayudada por el
dinero del papá), etc.
Yo sin
mucho entusiasmo traté de mantener los detalles de mi vida al
mínimo, no sintiéndome 100% cómodo diciéndole esas cosas
(intuición que tiempo después probó ser muy acertada). Le conté
que vivía en el Distrito Federal y que hacía viajes cada dos o tres
semanas a ver a mis papás. Hablamos de nuestros conocidos en común
y a quienes habíamos visto.
TV me
contó los pormenores de las vidas públicas y privadas de varios
compañeros de la prepa que habían ido a su universidad y con
quienes seguía en contacto. Yo he perdido contacto con todo el mundo
y solamente le dije de unos pocos detalles que conocía: una amiga
común había tenido un hijo, otro se había casado y yo casi, casi
por accidente asistí a su boda, otro más se había mudado a otro
estado.
Varias
veces ella intentó tratar de sacarme la sopa:
–
Oye, ¿y no sales con alguien? –
– ¿Y
con quién has salido? –
– ¿Y
tus papás no te preguntan que cuándo te vas a casar? –
Entre
chisme y chisme TV revisaba su celular constantemente. De repente me
dijo:
–
¿Adivina qué? –
–
Pues no, no sé – le respondí.
–
Hace unos meses conocí a un tipo – me contó – y llevamos un
tiempo saliendo. Y no es un patán como todos los demás que he
conocido, es un caballero y muy buena persona y me hace muy feliz...
etc, etc, etc, etc, –
No
recuerdo bien todas cosas buenas que el tipo tenía, pero entre sus
cualidades estaban el hecho de ser muy buena persona, tratarla muy
bien, haber ganado la segunda guerra mundial a mano limpia, derrotar
al León de Nemea, sacar Excalibur de la piedra, guiar a los aztecas
hasta el águila posada en el nopal, y otra serie interminable de
buenas acciones.
– ¡Ah!
¡Pues qué bueno! ¡Felicidades! –
– Ay,
pero es que hay problemas. – me dijo.
¡Ajá!
Esto era lo que yo esperaba: intriga, angustia, o ya de mínimo un poco de kitchen-sink drama.
– ¿Qué problemas? –
– Es
que.. no le vayas a contar a nadie, ¿eh? Él no vive aquí, vive en
Monterrey (una ciudad al norte de México, para los lectores de otros
países). Y además es divorciado.
Decepcionante,
pensé yo.
– Eso
no importa, lo que importa es que estés feliz con él. – Dije yo
replicándole con un consejo enteramente anodino.
– Ay,
es que yo le he contado mucho de tí, como has sido mi amigo por
tantos años y de hecho hoy está en la ciudad y viene para
acá. –
Me
resigné a una noche larga y pedí más cervezas.